Blog de Alicia Messeguer

De qué hablamos cuando hablamos de ANSIEDAD

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Es muy habitual que lleguen personas a consulta porque “sienten ansiedad”. Ante su asombro, mi pregunta inmediata es “¿Y qué es eso?”

No tardan mucho en entender a qué viene mi pregunta, claro. No es que yo no sepa su significado, me dedico a ello y de ahí el asombro que genero, pero lo que no sé es el significado que le da la persona que tengo delante.

El término ansiedad es uno de esos que tiene aspectos y significados muy personales, aunque su uso sea cada vez más habitual. Nos podemos referir a sensaciones físicas (“algo que me oprime el pecho”, “es como si me quedara sin respiración”, “me tiembla todo”...), o a formas de pensar, de juzgarnos o de ver la realidad (“no puedo con esto”, “la cabeza no me para”, “me va a dar algo si salgo a la calle”...), o a emociones difíciles de expresar (“no sé qué me pasa”, “estoy sin rumbo”...). Muchas veces se usa indistintamente este término junto con otros como estrés, tensión, agobio, angustia…

Y el caso es que, cuando nos ponemos a analizar lo que le pasa a cada persona en particular, hay ocasiones en las que llegamos a la conclusión de que su reacción es bastante lógica, dada la situación en la que se encuentra.

Por ello, vale la pena saber distinguir entre una reacción lógica y otra patológica.

La ansiedad es básicamente una reacción de alerta ante una situación de amenaza. Como cuando nos asomamos a un precipicio y nos asustamos. Nuestro organismo se pone tenso, alerta, de forma automática para poder centrar toda nuestra atención en evitar el riesgo de caída. Eso nos ayuda a no tener un accidente que podría ser mortal. En ese caso, dicha reacción de alerta nos resulta útil, nos beneficia, por lo que es una reacción lógica, fruto del instinto de supervivencia que ha desarrollado cualquier ser vivo.

Si nos fijamos, muchas sensaciones de las que podemos notar en esos momentos son reacciones fisiológicas muy relacionadas con ese mismo instinto de supervivencia. Si nos encontráramos en medio de la selva con un animal salvaje, como les pasaba a nuestros ancestros homínidos, esas mismas reacciones que se activan en el organismo nos ayudarían a sacar fuerzas de donde no sabíamos que las tuviéramos, para correr lo más posible y escapar de la amenaza. El ejemplo más claro es la aceleración del pulso y la respiración para llevar sangre y oxígeno a los músculos y que desarrollen toda la potencia posible. Pero hay otras muchas reacciones que son muy similares en múltiples formas de alerta, y que todas tienen su explicación en el mismo origen.

El problema aparece cuando esa misma reacción, o una muy parecida, la tenemos al asomarnos a una ventana de casa, donde no hay un riesgo objetivo de pegar un traspiés y caernos. Y quien dice una ventana, puede decir también una carretera por la que hemos conducido infinidad de veces con un coche que conocemos de sobra. Existen experiencias, sucesos que nos ocurren en un momento dado de forma brusca o progresiva, que nos pueden generar unas dificultades que antes no teníamos.

La ansiedad, la reacción de alerta patológica, aparece cuando, de forma involuntaria, reaccionamos con miedo o tensión ante situaciones que podemos considerar sin riesgo objetivo cuando reflexionamos sobre ellas en frío. Pero que cada vez que se nos vuelven a presentar, vuelven a generarnos la misma tensión, la misma reacción de alerta, que nos lleva a evitarlas siempre que nos lo podemos permitir. El resultado suele ser la reducción de nuestra actividad o de la satisfacción que experimentamos en nuestro funcionamiento habitual. Para evitar males mayores o simplemente por si acaso, somos capaces de ir teniendo una vida cada vez más limitada, tanto en lo social como en lo personal, o podemos llenarla de mecanismos de protección, de seguridad, que en muchos casos acaban generando más complicaciones y más ansiedad.

La solución pasa por darnos cuenta de cómo hemos llegado a la situación en la que estamos, pero también por concedernos que muchos problemas aparecen de forma paradójica e involuntaria, justo porque queremos resolver otros problemas que teníamos anteriormente. La mente funciona y actúa frente a lo que nos ocurre por mecanismos que no siempre son equivalentes a los que sirven en el mundo exterior.